Por: Guillermo Salas Razo
Hoy, la necesidad de debatir el futuro de los materiales es ineludible, máxime cuando nos acercamos a un período del año donde la celebración suele, lamentablemente, ir acompañada de un repunte masivo en el uso de plásticos de un solo uso.
Las festividades y reuniones sociales, si bien fortalecen nuestros lazos humanos, suelen dejar una huella ecológica desmedida derivada de polímeros de un solo uso.
Por ello, esta discusión trasciende el interés académico para convertirse en una exigencia ética de supervivencia y conciencia ciudadana.
La justificación radica en la necesidad urgente de transformar nuestros hábitos de consumo estacional: debemos pasar de la inercia del «usar y tirar» hacia una elección consciente de alternativas derivadas, como el uso de bioplásticos.
Debemos migrar hacia una reingeniería cultural y material, demostrando que la celebración y la convivencia no deben estar reñidas con la sustentabilidad, y que la ciencia es la herramienta clave para garantizar un futuro, donde nuestras tradiciones perduren en armonía con el entorno.
Hoy, desde la ciencia de materiales, es imperativo reflexionar sobre la materia misma que construye nuestra civilización.
Vivimos inmersos en la «Era del Plástico», un período que nos brindó soluciones sanitarias y logísticas sin precedentes, pero que nos ha cobrado una factura ambiental insostenible.
Es aquí, en este punto de tensión histórica, donde los bioplásticos emergen con una pertinencia ineludible, que no trata meramente de atender una tendencia de mercado, sino de una respuesta científica y ética a la asfixia de nuestros ecosistemas; es la propuesta que busca reconciliar el progreso industrial con los ciclos biológicos.
Por eso, comprender la magnitud de esta situación me hace reflexionar sobre su factibilidad, y veo que lejos de ser una utopía futurista, la química de los biopolímeros es una realidad tangible y madura.
Hoy, la ciencia demuestra que es posible sintetizar materiales robustos a partir de biomasa renovable, ya sea mediante la extracción de almidones, la fermentación bacteriana para producir polihidroxialcanoatos (PHA), o la polimerización del ácido láctico (PLA). La ciencia ha logrado mimetizar la versatilidad de los petroquímicos.
Esta transición tecnológica nos permite dejar de extraer carbono del subsuelo geológico para comenzar a gestionar el carbono atmosférico y biológico, cerrando brechas que antes parecían insalvables.
Sin embargo, la ciencia debe ir de la mano con la realidad industrial, y es gratificante observar la viabilidad técnica de estos materiales.
La transición hacia una economía biobasada no exige la destrucción de la infraestructura actual; por el contrario, apela a la adaptación inteligente. La maquinaria de extrusión y moldeo que hoy procesa polímeros fósiles posee, en gran medida, la capacidad de trabajar con bioplásticos mediante ajustes ingenieriles precisos. Esta compatibilidad es vital, pues permite que la innovación académica permee suavemente en el tejido productivo, facilitando que empresas de todos los tamaños adopten tecnologías limpias sin poner en riesgo su operatividad inmediata.
Al abordar la dimensión económica, debemos ser audaces y redefinir el concepto de rentabilidad. Si bien los costos nominales de producción de los bioplásticos pueden ser, por ahora, superiores a los de sus contrapartes sintéticas, la ecuación cambia radicalmente bajo la óptica de la economía circular.
La verdadera rentabilidad de los bioplásticos reside en su capacidad para valorizar residuos agroindustriales —abundantes en nuestra región— transformando desechos de cosechas en materias primas de alto valor agregado.
La transición hacia materiales biobasados reduce externalidades críticas —como la contaminación marina y la saturación de residuos—, lo cual se traduce en una optimización sustancial del gasto público y una disminución significativa de la carga sanitaria para la sociedad.
Por lo tanto, la bioeconomía de los bioplásticos es una inversión en estabilidad y autosuficiencia a largo plazo, #Palabra_de_Nicolaíta.

Más Noticias
El campo nos salvó el año, pero el bolsillo sigue en riesgo
¿Solidaridad estratégica o riesgo para el campo? El dilema México-Cuba
2026: El Año de «Saber Hacer» en México; Más Allá del Título, la Competencia