Por: Dr. Guillermo Salas Razo
Durante las Jornadas de Aniversario de la “Asociación de Mujeres Médicas de Michoacán A. C.” debatimos sobre el papel de la ciencia en la sociedad; y expuse una realidad que rebasa cualquier teoría académica: el Cambio Climático ha dejado de ser un problema exclusivamente «Ambiental» para convertirse, sin exageraciones, en la mayor amenaza a la “Salud Pública del siglo XXI”.
Al analizar las evidencias, nuestra narrativa debe dar un giro radical, ya que no se trata de la idea de proteger glaciares lejanos, sino de una urgencia biológica: proteger nuestros propios pulmones y asegurar el futuro inmediato de nuestras familias.
Las proyecciones de la Organización Mundial de la Salud no dejan margen a la duda: entre 2030 y 2050, la crisis climática podría cobrar 250,000 vidas adicionales cada año; y no son cifras abstractas en un papel; hablamos de tragedias humanas provocadas por olas de calor letales, inseguridad alimentaria y enfermedades transmitidas por vectores que encuentran en un planeta que se está calentando, el caldo de cultivo perfecto para expandirse.
Como profesionales de la salud, esto nos coloca frente a una paradoja incómoda que debemos asumir con profunda autocrítica, pues resulta irónico que el mismo sector que preserva la vida (Sector Salud) sea hoy responsable del 4.4% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, dato duro avalado por organismos internacionales, que significan que, si el Sector Salud fuera una nación, sería el quinto emisor más contaminante del mundo.
Esto nos obliga a replantear la ética de nuestros hospitales y prácticas diarias: no podemos pretender curar al paciente individual mientras contribuimos activamente a la enfermedad del planeta que habitamos.
Pero la crisis va más allá; ha permeado la esfera emocional y social, pues en consultorios y aulas somos testigos de la «ecoansiedad», un fenómeno que golpea especialmente a los jóvenes, quienes miran con angustia justificada la incertidumbre de su futuro.
A esto se suma una lacerante injusticia social, ya que el Cambio Climático actúa como un amplificador de desigualdades, castigando con mayor severidad a los países de ingresos bajos y medios, donde la contaminación cobra la factura más alta.
No obstante, ante esta adversidad deben prevalecer el ingenio y la acción humanista; por eso, la buena noticia es que existen «co-beneficios» ante diversas soluciones climáticas, es decir, que simultáneamente representan victorias para mitigar el cambio climático y beneficiar nuestra salud.
Ejemplo de ello son; adoptar un transporte activo —caminar o usar la bicicleta— que no solo abate las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que a la vez combate la epidemia del sedentarismo y protege nuestro corazón; o transicionar hacia una dieta sostenible, rica en vegetales y productos locales, que no solo alivia la presión sobre la tierra, sino que nutre mejor a nuestro cuerpo.
Estamos ante una oportunidad histórica para integrar la salud en la agenda climática, y no es una opción, es una exigencia ética.
Desde la academia y la ciudadanía tenemos el poder de actuar: exigiendo energías limpias, gestionando el agua con inteligencia o educando a las nuevas generaciones.
La salud humana y la salud de nuestro planeta son una sola salud; no podemos aspirar a una sociedad sana en un entorno enfermo, #Palabra_de_Nicolaíta.

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