Por: Guillermo Salas Razo
No es una exageración ni un alarmismo sostener que estamos en una una Crisis Global
Multidimensional que nos amenaza, y que no solo es el clima o la salud; lo que está en juego,
es nuestro patrimonio cultural de identidad nacional, pues la vulnerabilidad de nuestro Paisaje,
el verdadero campo de batalla donde nuestra Soberanía Alimentaria está en riesgo y, por
extensión, nuestro invaluable patrimonio cultural de identidad nacional.
Está vulnerabilidad de nuestro Paisaje Rural está profundamente amenazada por
desafíos económicos, alimentarios y climáticos sin precedentes.
Sí; nuestro Pueblo Rural Mexicano, el depositario custodio de los saberes milenarios, sabiduría
forjada en el trato íntimo y respetuoso con la tierra, riqueza inestimable de conocimientos
agrícolas y culturales, y que hoy debería ser nuestro mayor activo estratégico, se encuentra
dramáticamente asediado.
El asedio proviene de las Representaciones Mediáticas y la profunda ceguera urbana que,
sistemáticamente, lo minimizan y lo empobrecen, proyectando una imagen de atraso y una
folclorización superficial que no solo ignora, sino que desacredita la autoridad y el
conocimiento tradicional.
Este desacierto insidioso nos genera prejuicios urbanos que llegan a mostrar que ese
patrimonio vivo es obsoleto, facilitando de este modo su entrega a intereses externos que solo
ven recursos agotables y no la cultura esencial para nuestra resiliencia, debilitando fatalmente
nuestra capacidad de autodeterminación alimentaria.
Ante esta amenaza existencial, la academia debemos asumir con urgencia nuestro rol de Guía
estratégica.
Nuestra labor no es impartir lecciones, sino iluminar el camino con un Plan claro y
categórico que nos saque de la inercia cultural y económica.
El primer paso ineludible es desmantelar los prejuicios urbanos que han creado muros de
indiferencia y desvalorización entre el campo y la ciudad.
El segundo y más importante paso, el pilar de la Soberanía Alimentaria, es impulsar un
Empoderamiento Económico profundo y con perspectiva de género. Este empoderamiento
debe asegurar, de manera innegociable, el acceso equitativo a recursos, capacitación y
mercados para nuestros héroes invisibles.
Quiero ser enfático, la mujer rural es la vanguardia de esta soberanía; es la guardiana
ancestral de las semillas, la arquitecta de la agrobiodiversidad y la transmisora esencial de la
identidad cultural. El reconocimiento y el honor a su trabajo no son una concesión, sino la base
estructural e inamovible para la resiliencia de la comunidad, pues su fuerza creativa y cultural,
la que posee los saberes de la tierra, no puede estar marginada.
Reconozcamos que somos una nación fuerte y libre donde el paisaje no se percibe como
un recurso agotable para la explotación, sino como la base insuperable de nuestra
identidad y sustento; donde el saber ancestral es valorado, financiado y promovido al
mismo nivel de urgencia que la innovación tecnológica; un México que se enorgullece de
su campo y se reconoce plenamente en él.
Si perdemos nuestra identidad y nuestra base productiva, nos condenaremos a la
vulnerabilidad perpetua, nos convertiremos en una colonia cultural a merced de modelos
económicos depredadores sin capacidad alguna de tomar decisiones sobre nuestro propio
futuro alimentario. Es un precio que, como herederos de la justicia social y el pensamiento
crítico, simplemente no podemos ni debemos pagar, #Palabra_de_Nicolaita

Más Noticias
Los Bioplásticos y la Reingeniería de Nuestro Futuro Común
El Desafío de la Validación Agroalimentaria en la Era de los Datos
La Crisis Climática como Amenaza a la Salud: Un Desafío Ético para el Sector Salud