Por: Guillermo Salas Razo
Vivimos una revolución tecnológica sin precedentes donde la digitalización, el “Big Data” y los modelos estadísticos nos ofrecen una capacidad de análisis global que hace décadas era impensable.
Estas herramientas son, indudablemente necesarias para navegar en la economía moderna.
Sin embargo, en el Sector Agroalimentario corremos un riesgo sutil pero trascendental: confundir el mapa con el territorio. El peligro no radica en el uso de la tecnología, sino en la confianza ciega de que una cifra en una pantalla puede sustituir la complejidad biológica y social de nuestros campos.
Si bien las tendencias digitales nos indican el «hacia dónde» va el mercado, solo la realidad del surco nos dice el «cómo» y el «con qué» podemos llegar ahí en el contexto específico de Michoacán.
Desde una perspectiva económica, las estadísticas globales son una guía útil para identificar oportunidades de mercado, pero estas requieren ser «tropicalizadas» y validadas; ya que un algoritmo puede proyectar la alta rentabilidad de un cultivo de moda, pero es incapaz de detectar si la infraestructura hídrica local o la acidez del suelo en una parcela de Tierra Caliente o del Bajío soportarán dicha producción.
Por eso, el desafío no es ignorar el dato, sino contrastarlo; evitar que la decisión financiera se tome solo desde la oficina, asegurando que la inversión digitalmente prometedora sea agronómicamente viable.
En lo social, las redes y la conectividad digital han democratizado la información, lo cual es positivo; no obstante, el riesgo estriba en asumir que lo que no está digitalizado no existe.
Si bien las estadísticas nos dan promedios, debemos entender que la realidad rural de nuestro estado se vive en los márgenes de esos promedios.
Así es que, si la toma de decisiones debe utilizar el dato duro como punto de partida, obligatoriamente debe complementarse con la sensibilidad de campo para entender la organización comunitaria y las necesidades humanas que ninguna base de datos logra capturar plenamente.
Y en el ámbito político, la digitalización ofrece eficiencia administrativa, pero una política pública exitosa para el campo michoacano no puede diseñarse exclusivamente mediante modelos econométricos. La gobernanza efectiva utiliza la estadística para dimensionar los problemas, pero requiere de la presencia territorial para resolverlos.
Necesitamos que la información macroeconómica se cruce con la verificación en sitio para que los programas de apoyo no sean solo números en un informe de gobierno, sino soluciones tangibles para familias de carne y hueso.
Y finalmente, en la dimensión ambiental, la tecnología satelital y los sensores remotos son extraordinarios aliados para el monitoreo; sin embargo, interpretar la salud de nuestros ecosistemas solo a través de un dispositivo o app nos da una visión incompleta.
La sustentabilidad requiere que esa “Data” tecnológica sea confirmada por el agrónomo que pisa la tierra, quien puede distinguir matices en la biodiversidad y los recursos hídricos que escapan a la lente digital.
Es aquí donde tenemos la responsabilidad de liderar la reconstrucción del sector. Por eso, mi misión no es rechazar la modernidad, sino integrarla con sabiduría, por eso me dedico con entusiasmo y compromiso a formar profesionales que dominen el lenguaje de los datos, pero que no pierdan la capacidad de leer el lenguaje de la tierra.
Desde la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo pretendo ser el puente que valide la información digital en la realidad de campo, garantizando que cada decisión tomada en el sector agroalimentario de Michoacán esté sustentada en la mejor tecnología disponible, pero, sobre todo, profundamente enraizada en la verdad de nuestro entorno rural, #Palabra_de_Nicolaíta.

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