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El campo nos salvó el año, pero el bolsillo sigue en riesgo

Por: Guillermo Salas Razo

El cierre de la inflación en 3.69% al final de 2025 no es un milagro económico, sino un regalo inesperado del cielo que el sector rural nos entregó. Desde una visión académica, pero con el corazón puesto en la tierra, es claro que las familias mexicanas sintieron un alivio solo porque el clima fue generoso y permitió que las frutas y verduras bajaran de precio. Sin embargo, esto es un arma de doble filo: mientras en las ciudades celebramos precios bajos, en estados productores como Michoacán, eso significa que nuestros agricultores recibieron menos dinero por su esfuerzo. Es injusto y peligroso que la estabilidad del país dependa de la «buena suerte» de que llueva a tiempo y no de una economía que realmente cuide al que produce.

Lo que realmente preocupa es que, a pesar de ese respiro, todo lo que requiere transformación o servicio —como comer en una fonda o comprar alimentos procesados— sigue subiendo sin freno. Este «alivio» es un espejismo que ya se está borrando en este inicio de 2026 con la llegada de nuevos impuestos, el aumento al salario mínimo y los aranceles que encarecen la maquinaria y los fertilizantes. Banxico dice que estos aumentos son pasajeros, pero quienes conocemos el campo sabemos que cuando los costos de producción suben, los precios difícilmente vuelven a bajar. No podemos seguir colgándole la medalla de la inflación baja al sector primario a costa de su descapitalización; si no protegemos la rentabilidad de nuestras huertas y parcelas frente a estos nuevos costos, el campo dejará de ser nuestro amortiguador y la factura final, tarde o temprano, la pagaremos todos en la mesa.